martes, 9 de octubre de 2012

Windsurf: 3º Fecha Grand Prix Argentino - Día 2



Día 2

Por Manuel Ruiz

Las velas en la Mar (Foto: Samyy Alvarez/ Facebook)


En el segundo día de competencias, de la tercera fecha del Grand Prix Argentino de Windsurf en Miramar, pasó, lo que nadie quería que pase. En realidad, lo que no debía pasar.


La lluvia seguía cayendo sobre la laguna de Mar Chiquita, pero era algo menor. Al menos para los timoneles. Desde los objetivos básicos expuestos por las partes que organizaron el evento, no. Lluvia es igual a poco público. Salvo muy pocas excepciones. Ecuación que da negativo a la hora de la propaganda, o la incentivación mediante el descubrimiento o le mera observación de cualquier práctica deportiva. Es decir, no había gente en la playa, porque llovía, estaba feo, mejor nos quedemos adentro.

Todo debía empezar a las 11 de la mañana. Pero el viento no se hizo presente. Desde el camping, esquivando barro y pequeños charcos, recién levantado, y ya con las zapatillas mojadas, algo a lo que ya familiar, fue lo primero que note. Las hojas de los árboles muertas. Goteaban por peso específico del agua y la gravedad. No porque hubiera un facto de movimiento que las hiciera mecerse y por ende, desprenderlas del agua. Lo llamo a Franco, Ferreyra, la cabeza de la organización, y me dice, lo que estaba esperando. Que no, que se reprogramaba todo para adentro de dos horas, a ver si a esa hora, las ráfagas se hacían presente.

A las 13 el panorama seguía igual. Entre molesto y tranquilo. Lo segundo para almorzar sin apuros, algo que no quería hacer porque, lo primero, estaba molesto. Quería estar en la playa, viendo como se metían al agua los raiders, como se perdían allá, donde descansaban las boyas que indicaban las canchas, y no volvían hasta un par de horas después. Un día me había bastado entender que eso quería ver. No sólo había ido a ver eso. Sino que, quería que pase. Una diferencia hasta idiota, pero bastante sencilla y clara, pero que denota lo que el torneo y la actividad me había producido en el primer día de regatas.

Fue a las 15. A las tres de la siesta, que decidí ir al centro. Más por cargar algunos videos para la página del programa y escribir algo, que por ver la 2º jornada del Abierto de Miramar. En el camping, mi medidor personal,  primerizo e inexperiente no levantaba agujas. Para mí estaba muerto. Para mí, no se navegaba nada. Saliendo y de camino hacia el parque cerrado, me pegaron tres o cuatro ráfagas, no fuertes. Interesantes. Si, según ese mismo medidor de antes, necesarias para que las velas surquen la laguna salada.

Quince minutos después, dentro del área de competencia, las caras de los timoneles, no eran las mejores. Es que soplaba. Pero no soplaba nada. Me dicen. Eso es, más fuerza, más desgaste. Más romperse  todo con el elemento dentro del agua, mendigándole al viento, que, dale maestro, sopla un rato.

Una vez fuera del agua, las caras de los participantes iguales. Los organizadores, contentos, a la medida del poco viento, porque por lo menos se había podido correr las regatas predestinadas para ese segundo día.

La falta de sol o el exceso de lluvia. El clima de vacaciones de invierno en una ciudad costera generaba transeúntes curiosos en camperas y pantalones largos, que a pesar de todo eso que dijimos arriba, se quedarán viendo largos periodos de tiempo eso que pasa en la laguna. Mate en mano, sin mucho decir, hipnotizados en los colores vivos de las velas sobre los grises naturales del agua y las nubes. Los más chicos gritaban, se sorprendían, preguntaban. Los padres respondían, trataban de. Explicaban lo básico que saben sobre eso que esta pasando mar adentro.

Quizás si el sol hubiese dado el visto bueno, les hubiera regalado una de las imágenes más bonitas que le pueden quedar grabadas en la retina. Impresa en la memoria visual. La de una vela, camino al sol, con nubes naranjas de atardecer. Esa postal que la Mar Chiquita regala a montones, y hace replantearse al más díscolo critico del barro y la cantidad de sal, sino vale la pena volver el año que viene.

Mucho agua. Poco viento. Pero se pudo correr. Jeremy López Becker, se baja del bote, que lo llevo hasta la cancha de regatas para sacar algunas fotos. Viene con las zapatillas en la mano, los jeans arremangadas y la cámara dentro de la campera. Me dice que sacó algunas, hasta que se le mojo la lente, la quiso limpiar y la embarro más. Se ríe. Ojala mañana haya viento así no me tengo que meter. Y se va hasta la camioneta.

Su hermana, la olímpica Jazmín, me dice que, también, ojala haya viento potente mañana, porque es lo que le sirve para navegar.

Los pedidos, en clave ojalá, a Eolo, ese que según los griegos, controlaba los vientos son constantes. Por más potencia o por menos. Una inconformidad presente en todas las creencias. Quizás los 40 nudos que sopló el viernes por la noche lo agoto, quizás, pensó que el domingo, lo que debía soplar era lo justo para que se cumplan las regatas que debían cumplirse. Lo del domingo para descansar deber ser universal, afirman algunos. Quizás, el también quería ver los atardeceres de Miramar, y la lluvia le saco las fuerzas. Lo más seguro, afirman, es que quedo hipnotizado cuando las casi ochenta velas jugaban dentro del agua salada, y se olvido de soplar más fuerte.



Las zapatillas mojadas, son realidad. Busco opciones. Ojotas, la primera, siempre me resultaron incomodas a la hora de trabajar. Las zapatillas con huequitos, o lo que sean, no es que no me gusten. Deben ser útiles, la mayoria las tiene, pero no las veo muy confortables. No son para mí. Son muy a la moda, se usan mucho. Debía hber traído las alpargastas. Esas no fallan.


Antes que se vaya a Londres, charlamos en la radio Jazmín Lopez Becker. Debíamos hacer el después de sus primeros Juegos Olímpicos. Acá esta:



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